Por llevar la mente a otra cosa
Un terrible crimen que ha acabado con la vida de una joven maestra ha hecho que esta semana haya sido especialmente triste para España entera. Mientras hago croquetas mi cabeza no para de darle vueltas al asunto y sólo se me ocurren cosas horribles que plasmar en una nueva entrada. Malo, feo, asqueroso, repugnante, malnacido, cabrón, si el demonio existe lleva tu cara ¿prisión permanente revisable? Que lo suelten en la plaza del pueblo y lo linchen a pedradas... Prefiero no seguir, prefiero llevar mi pensamiento a otra cosa. Estas ideas no son propias de mí, me han enseñado a creer en la bondad y en el perdón y a dar otra oportunidad al que se equivoca, pero lo cierto es que cuando escucho a una señora ministra decir que retener a un preso en la cárcel para toda la vida es inhumano, dudo al mismo tiempo que esta mujer dejase que su hija alquilase una casa enfrente del violador asesino que la ley ha permitido que vuelva a la sociedad.
Descanse en paz Laura Luelmo y sobreviva su familia como pueda a lo peor que se me ocurre que pueda pasarle a unos padres. Porque no hay palabras para esto. Ni pena ni castigo para el culpable, el más duro sería insuficiente. Sólo si existiera una máquina del tiempo... para regresar a ese instante y... En fin, nada, que no hay consuelo. En la vida hay gente buena y hay gente mala y peligrosa y si estos últimos se cruzan en nuestro camino, por pura mala suerte, no hay nada que hacer.
Sigo con mis croquetas. Me concentro en ellas. No las hago por gusto, porque siempre me pongo de mal humor haciendo croquetas porque no me salen. Pero hay que emplear la carne de la sopa en algo y ahí que me he puesto a la aventura. Y no me salen porque me empeño en intentar respetar la receta que me dio mi madre, abuela Loly, porque no hay en el universo bocado que se aproxime a la tierna sensación de hincarle el diente a una de sus delicadas criaturas porque, como dice Valle con la boca llena, son las mejores croquetas del mundo entero.
"Una cuchara colmada de harina por cada vaso de leche", dice abuela. Con esta técnica llevo bechameles y bechameles imposibles de croquetear. Muy líquidas. Pero claro, si la abuela la hace así, así tiene que ser, pero ¿cómo es capaz de darles forma? Bueno pues ya el otro día, en su casa, la abordo y le digo que no puede ser, que algo hace ella que yo no hago, a ver, cómo es eso de una cuchara colmada de harina por cada vaso de leche? Y entonces se descubre el pastel. Abuela va a por el bote de harina, mete la cuchara y apenas la saca y dice, pues así, ¿ves? Abuelo y yo nos miramos desconcertados. Eso no es una cuchara colmada, es una cuchara enterrada en harina. Abuela y sus medidas.
Ahora sí. Parece que esta vez no me pondré de mal humor, si Alba, que la he dejado dormida en el sofá saltándome todos los consejos de prevención de muerte súbita (perdón), no se despierta. Hoy la bechamel ¡tiene consistencia! Increíble. Así sí. Pero no. Algo más tenía que fallar... Saco mi croquetera de tupperware en un intento de agilizar el proceso y me vuelve a pasar... Por favor, alguien tiene que decirle a los fabricantes de tupperware que le tapen el hueco a la parte azul de la croquetera porque, una vez más, he vuelto a meter la bechamel por donde no era. Nada, a sacarla y a ponerla en su sitio. Y ya por fin, mientras canto bechameeeeel, bechame muuuuchooo, porque siempre lo hago, me pongo a croquetear.
Son tiernas y delicadas. Son como pequeños bebés que acunas entre tus manos con cariño, las pasas por huevo, por pan rallado, les das forma, las depositas en el plato... Relaja, si la masa tiene consistencia, relaja. Una madre tiene que saber hacer croquetas, me digo. O no. Por qué, qué tontería. Una madre tiene que saber estar siempre cuando se la necesita. Eso no tiene nada que ver con hacer croquetas. Yo lo hago por no tirar la carne... y supongo que mi madre igual.
Consigo despejarme por momentos. Ni una más. No es no. Correr sin miedo y no correr por miedo... Podemos decir muchas cosas, pero la cruda realidad nunca dejará de sorprendernos. Educar, claro que sí, educar en valores y en igualdad. Eso intentaré transmitiros siempre. Pero que nunca ningún loco se cruce en nuestros caminos.
Bechitos… Mamá.
Bechitos… Mamá.
Por Dios, las croquetas de la abuela Loly son la delicia más suprema!!! Tienes que conseguir igualar la técnica para que podamos seguir disfrutando de algo tan grande, y transmitírsela a tu descendencia, porque algo tan bueno no se puede dejar en el olvido. En tu caso TIENES que saber hacer croquetas! jaja
ResponderEliminarLo que le ha pasado a Laura es lo que todas hemos temido alguna vez que nos pase. Yo siempre iba con mis llaves en la mano cuando volvía sola a casa, ya fuese andando, en taxi o en bus. La llave con la punta más afiladita en la mano, dispuesta a clavarla en el ojo o en el cuello. Es curioso que viviera con pensamientos tan tétricos, pero es así. La vida me ha enseñado que el MAL existe, que hay personas irreeducables, imposibles de amar y de reinsertar. Y pensar que si se me cruzaba un malnacido (porque siempre eran hombres en los que pensabas, para qué nos vamos a engañar) y yo le podía pinchar mi llave en el cuello o dejarlo tuerto, me daba fuerzas para sentirme menos insegura. No sé cómo hubiera reaccionado si me hubiera pasado algo así de verdad, y espero que nunca lo sepamos. Descansen en paz todas las chicas que mueren cada día a manos de malnacidos, y aunque las leyes no impiden los asesinatos , sí que pueden impedir la reincidencia, ¿verdad?
Esta vez las croquetas me han salido bastante aceptables a pesar de los malos pensamientos durante su elaboración. Aprenderé lo mejor que pueda y lo seguiré transmitiendo a las generaciones venideras :)
EliminarDe lo otro no hablemos más, que me tengo que ir a dormir y se me quita el sueño.
Te respondí en mi blog, pero no sale el comentario...No sé qué pasa. Debe ser un problema de mi blog pero no sé cómo solucionarlo :-(
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